
El humo se eleva desde tanques de petróleo junto al canal de Suez durante el ataque anglo-francés contra Port Said, el 5 de noviembre de 1956. Imagen de dominio público.
La crisis de Suez fue el conflicto de 1956 en el que Egipto, Israel, el Reino Unido y Francia disputaron el control político y militar del canal de Suez. El presidente egipcio Gamal Abdel Nasser nacionalizó la Compañía del Canal de Suez en julio de ese año, después de que Estados Unidos y el Reino Unido retirasen su apoyo financiero a la presa de Asuán. En octubre, Israel invadió el Sinaí. A continuación, el Reino Unido y Francia utilizaron la guerra como pretexto para intervenir, ocupar la zona del canal e intentar quebrar la autoridad de Nasser sobre la vía marítima.
El conflicto terminó de una manera distinta de la que esperaban Londres y París. La operación militar avanzó con rapidez, pero Estados Unidos, la Unión Soviética y la ONU presionaron para que las fuerzas invasoras se retiraran. De este modo, Washington, Moscú y la Asamblea General de la ONU dejaron claro que las antiguas potencias imperiales europeas ya no podían realizar una gran operación en Oriente Medio sin aceptar los límites impuestos por las superpotencias de la Guerra Fría. Para Nasser, la supervivencia política tras la invasión aumentó su prestigio en el mundo árabe. En el Reino Unido y en Francia, en cambio, dirigentes y observadores vieron en la retirada forzada una pérdida de autonomía estratégica que ya venía preparada por la descolonización, la dependencia financiera y el nuevo orden bipolar.
Resumen
- El canal de Suez unía el Mediterráneo con el mar Rojo y acortaba la ruta entre Europa y el océano Índico, por lo que tenía valor estratégico para el comercio europeo y para la conexión británica con Asia.
- Nasser nacionalizó la compañía del canal el 26 de julio de 1956 para afirmar la soberanía egipcia y financiar la presa de Asuán después de que los gobiernos occidentales retiraran su apoyo al proyecto.
- El Reino Unido y Francia interpretaron la nacionalización como una amenaza a sus intereses. Francia asociaba especialmente a Nasser con el apoyo egipcio a los nacionalistas argelinos.
- Israel invadió el Sinaí el 29 de octubre de 1956, y la intervención anglo-francesa empezó bajo la justificación de separar a los combatientes y proteger el canal.
- La presión de Estados Unidos, de la Unión Soviética y de la Asamblea General de la ONU obligó a Londres, París y Tel Aviv a aceptar el alto el fuego y la retirada.
- La UNEF I creó una fuerza internacional entre Egipto e Israel. Nasser salió políticamente reforzado, mientras que el Reino Unido sufrió una derrota de prestigio.
- La crisis se convirtió en un hito de la coexistencia pacífica: Washington y Moscú, pese a su rivalidad global, rechazaron la acción de sus aliados y limitaron la autonomía imperial europea.
Por qué el canal de Suez era estratégico
El canal de Suez fue inaugurado en 1869 para unir el mar Mediterráneo con el mar Rojo. Esa conexión redujo la distancia marítima entre Europa y el océano Índico, pues los buques dejaron de bordear el sur de África para alcanzar las rutas del mar Rojo y de Asia. Ferdinand de Lesseps dirigió el proyecto moderno, sostenido por capital francés y egipcio. Al mismo tiempo, la obra nació en un Egipto formalmente vinculado al Imperio otomano y gobernado, en la práctica, por una élite que buscaba modernizarse mediante crédito exterior y reconocimiento europeo.
Debido a ese valor estratégico, la importancia del canal aumentó cuando el Reino Unido compró, en 1875, las acciones egipcias de la compañía. Como el gobierno de Ismail Pachá estaba endeudado, la venta dio a los británicos una posición decisiva en una ruta que conectaba Londres con el imperio en la India. En 1882, la ocupación británica de Egipto consolidó esa presencia. En la cuestión oriental, los diplomáticos europeos ya habían tratado el debilitamiento otomano y las rutas entre Europa, el Mediterráneo y Asia como problemas capaces de convertir territorios locales en escenarios de rivalidad imperial.
Incluso después de la Segunda Guerra Mundial, el canal seguía siendo vital para el comercio, el petróleo y la estrategia militar. Sin embargo, la base política del dominio europeo había cambiado. El Reino Unido aún mantenía soldados en la zona del canal, aunque el acuerdo anglo-egipcio de 1954 preveía su retirada. Además, Francia y el Reino Unido seguían siendo accionistas centrales de la compañía. En ese contexto, el nacionalismo egipcio trataba esa estructura como una supervivencia colonial. La organización del canal reunía, por tanto, una contradicción: era una vía global situada en territorio egipcio y administrada por una compañía asociada a la influencia británica y francesa.
Nasser, nacionalismo árabe y presa de Asuán
Nasser llegó al centro de la política egipcia tras la revolución de los Oficiales Libres de 1952, que derrocó la monarquía de Faruq. Su proyecto unía soberanía egipcia, reforma social y desarrollo estatal. El panarabismo y la oposición al imperialismo occidental completaban ese lenguaje político. En ese marco, para muchos egipcios, retirar tropas extranjeras y controlar recursos nacionales formaban parte de la misma transformación política. Para Londres y París, en cambio, Nasser parecía capaz de debilitar alianzas al movilizar a la opinión árabe contra posiciones coloniales.
La presa de Asuán hizo más concreta esa tensión. El gobierno egipcio quería construir una gran presa en el Nilo para controlar crecidas, ampliar el riego y producir electricidad. Al principio, Estados Unidos y el Reino Unido discutieron su financiación. En julio de 1956, sin embargo, retiraron el apoyo. Esa retirada respondió a varias desconfianzas sobre la autonomía diplomática de Nasser y sobre su acercamiento a gobiernos situados fuera de la órbita occidental. A ojos de Washington y Londres, la compra de armas al bloque soviético por medio de Checoslovaquia, el reconocimiento de la República Popular China y la negativa a subordinar la política exterior egipcia a un bloque hacían que la financiación pareciera más arriesgada. Además, Egipto disputaba el liderazgo con regímenes árabes prooccidentales.
El 26 de julio de 1956, Nasser anunció en Alejandría la nacionalización de la Compañía del Canal de Suez. Con esa decisión, el gobierno egipcio prometió compensar a los accionistas y pasó a controlar los ingresos del canal para financiar Asuán. La nacionalización funcionó así como medida económica y como gesto de soberanía. Declaraba que una infraestructura construida en territorio egipcio debía servir al desarrollo egipcio, en lugar de preservar los restos de la tutela imperial. En este punto, la interpretación del historiador Keith Kyle ayuda a entender la reacción británica: Anthony Eden no trató la nacionalización solo como una disputa administrativa sobre la compañía, sino como una prueba de la autoridad imperial británica en Oriente Medio. Por eso, Londres convirtió una crisis que aún podía negociarse en una cuestión de prestigio y supervivencia política.
Cómo el Reino Unido, Francia e Israel planearon la intervención
El Reino Unido veía el canal como una ruta comercial y como símbolo de su posición en Oriente Medio. Por ello, Anthony Eden creía que aceptar la nacionalización sin respuesta debilitaría la credibilidad británica ante aliados, rivales y gobiernos árabes. Francia tenía otro motivo directo: Nasser apoyaba políticamente al Frente de Liberación Nacional de Argelia, que luchaba contra el dominio francés. En el cálculo francés, debilitar a Nasser significaba reducir una fuente de apoyo al anticolonialismo argelino.
Israel, por su parte, tenía su propia agenda. Desde la guerra de 1948, Egipto controlaba Gaza, apoyaba a fedayines que atacaban territorio israelí y restringía la navegación israelí por el estrecho de Tirán y el golfo de Aqaba. Por ese motivo, el gobierno de David Ben-Gurión quería romper el bloqueo, destruir bases egipcias en el Sinaí y demostrar capacidad militar ante los vecinos árabes. Esas motivaciones acercaron a tres gobiernos que no compartían los mismos objetivos finales y que, aun así, encontraron un plan común.
El protocolo secreto de Sèvres, negociado en octubre de 1956, organizó esos intereses en una secuencia militar. Primero, Israel atacaría el Sinaí. Después, el Reino Unido y Francia exigirían que Israel y Egipto se alejaran de la zona del canal. Como Egipto difícilmente aceptaría esa exigencia en su propio territorio, Londres y París podrían bombardear y desembarcar fuerzas con el argumento de proteger la navegación. De ese modo, el plan convertía una invasión combinada en una falsa operación de paz. Esa duplicidad sería una de las razones de la condena internacional.
La invasión del Sinaí y el ataque a Port Said
Israel inició la ofensiva el 29 de octubre de 1956. Sus fuerzas avanzaron por el Sinaí hacia el canal y el estrecho de Tirán. Después, el Reino Unido y Francia presentaron el ultimátum. Cuando Nasser rechazó la exigencia, aviones británicos y franceses atacaron objetivos egipcios. El 5 de noviembre, paracaidistas desembarcaron cerca de Port Said y Port Fuad. Al día siguiente, comandos e infantes de marina llegaron por mar con apoyo de helicópteros y blindados.
Desde el punto de vista militar, la operación anglo-francesa avanzó. El problema, sin embargo, era político. Port Said sufrió bombardeos, daños urbanos y muertes civiles. Además, el canal quedó bloqueado por barcos hundidos y dejó de funcionar. La intervención coincidió, a su vez, con la represión soviética de la Revolución húngara, lo que debilitó el argumento occidental contra Moscú. Washington no quería aparecer como cómplice de una acción colonial mientras denunciaba la violencia soviética en Europa oriental.
Nasser perdió posiciones militares y ganó la disputa simbólica. Como permaneció en el poder, pudo presentar la resistencia egipcia como defensa de la soberanía nacional y convertir el canal en prueba de que un Estado árabe podía desafiar a imperios europeos. Para entender el desenlace de la crisis, hay que distinguir entre victoria militar local y derrota política internacional. Israel, el Reino Unido y Francia ocuparon el terreno. Egipto, en cambio, conservó el resultado político más importante: el control soberano del canal.
Por qué Estados Unidos y la Unión Soviética presionaron contra la invasión
La reacción de Estados Unidos fue decisiva. Dwight Eisenhower temía que la invasión empujara a Estados árabes hacia la órbita soviética, dañara la imagen anticolonial de Estados Unidos y abriera una guerra mayor. Por ese motivo, Washington se negó a apoyar la operación y utilizó presión financiera contra Londres, ya que el Reino Unido dependía de la estabilidad cambiaria y del apoyo exterior para proteger su abastecimiento energético. Cuando la libra sufrió ataques y el gobierno británico buscó apoyo financiero, la posición estadounidense hizo cada vez más difícil continuar la guerra.
La Unión Soviética, por su parte, condenó la invasión. Moscú quería ampliar su influencia en el mundo árabe y aparecer como defensora del anticolonialismo, incluso mientras reprimía Hungría. La convergencia entre Washington y Moscú no significaba amistad. Más bien reflejaba intereses distintos que, en aquel momento, produjeron la misma conclusión práctica: la intervención debía detenerse. La presión conjunta ejercida por Washington, Moscú y la ONU dejó claro, por tanto, que la bipolaridad podía limitar incluso a los aliados de las superpotencias.
En ese impasse, la ONU ofreció el camino institucional para la retirada. Como el Reino Unido y Francia tenían poder de veto en el Consejo de Seguridad, la cuestión fue trasladada a la Asamblea General mediante el mecanismo «Unidos por la Paz». La Asamblea pidió el alto el fuego y creó la Fuerza de Emergencia de las Naciones Unidas, la UNEF I, aprobada en noviembre de 1956. Esa fuerza dependía del consentimiento del gobierno de Nasser para actuar en territorio egipcio y, por ello, ayudó a supervisar la retirada de los invasores sin parecer una nueva ocupación.
UNEF I, retirada y reapertura del canal
El alto el fuego entró en vigor los días 6 y 7 de noviembre de 1956. Las tropas británicas y francesas se retiraron antes de diciembre. Israel mantuvo posiciones durante más tiempo, sobre todo en zonas vinculadas al Sinaí, Gaza y el acceso al golfo de Aqaba, pero retiró sus fuerzas en marzo de 1957. La UNEF I fue situada en el lado egipcio de la línea de armisticio y ayudó a crear una zona tapón entre Egipto e Israel.
La primera Fuerza de Emergencia de la ONU inauguró una práctica importante de mantenimiento de la paz. Fue creada para separar fuerzas y permitir la retirada. Aun así, la solución política definitiva quedó fuera de su mandato. Brasil, Canadá, India, los países nórdicos y otros Estados participaron en esa operación. En ese marco multinacional, la presencia brasileña fue conocida como Batallón de Suez, un ejemplo temprano de participación de Brasil en misiones de paz.
Tras el bloqueo durante el conflicto, el canal fue reabierto en abril de 1957. Egipto mantuvo el control de la vía. Israel, por otra parte, obtuvo durante un tiempo mayor acceso a la navegación por el golfo de Aqaba. Las tensiones regionales, sin embargo, siguieron sin solución permanente. Cuando Nasser pidió la retirada de la UNEF en 1967 y volvió a cerrar el estrecho de Tirán, la crisis regional avanzó hacia la Guerra de los Seis Días. La crisis de 1956 reorganizó el conflicto árabe-israelí al vincular seguridad regional, nacionalismo árabe, presencia de la ONU y disputa entre superpotencias.
Cómo la crisis de Suez reordenó Oriente Medio y la Guerra Fría
Para Egipto, la crisis fortaleció a Nasser. Como la nacionalización del canal sobrevivió a la intervención, la retirada europea alimentó su imagen como líder del anticolonialismo árabe. Esa victoria política favoreció el panarabismo, acercó a Egipto a la Unión Soviética en varios campos y dio fuerza a la idea de una tercera vía entre los bloques. Bandung, en 1955, ya había reunido a países asiáticos y africanos en torno a la descolonización y la autonomía económica. Después de 1956, muchos gobiernos recién autónomos pudieron ver en ese horizonte una posibilidad concreta: enfrentarse a antiguas potencias era menos arriesgado cuando podía aprovecharse la rivalidad internacional.
Para Estados Unidos, la retirada británica y francesa abrió la percepción de un vacío de influencia en Oriente Medio. Eisenhower rechazó la invasión y temía que el prestigio de Nasser y la aproximación soviética redujeran el margen estadounidense. Como respuesta, la Doctrina Eisenhower de 1957 autorizó ayuda económica y militar a gobiernos de Oriente Medio que alegaran una amenaza comunista. Washington sustituyó así la vieja tutela británica por una presencia estadounidense más directa, aunque no siempre aceptada por los nacionalistas árabes.
Para el Reino Unido, la crisis de Suez fue una ruptura de prestigio. El país aún poseía fuerzas armadas, diplomacia global y un asiento permanente en el Consejo de Seguridad. Washington, sin embargo, dejó claro mediante la presión financiera que la capacidad británica de actuar dependía de la aprobación estratégica de Estados Unidos. La dimisión de Eden, en enero de 1957, simbolizó la derrota política. Para Francia, la lección fue distinta: la humillación reforzó la búsqueda posterior de autonomía estratégica, visible en el programa nuclear y en la política exterior de Charles de Gaulle.
Por qué la crisis marcó el fin de una era imperial
La crisis de 1956 no fue la única causa del declive imperial británico y francés. La Conferencia de Berlín había pertenecido a un mundo en el que las potencias europeas trataban grandes regiones colonizadas como objetos de negociación entre sí. Después de 1945, sin embargo, ese mundo perdió legitimidad y capacidad material. Los movimientos anticoloniales crecieron, Estados Unidos y la Unión Soviética disputaban influencia entre países recién independizados, y las economías europeas ya no sostenían la misma libertad de acción militar.
La crisis de 1956 hizo visible ese cambio al reunir todos esos factores en pocos meses. Nasser usó el lenguaje de la soberanía y del desarrollo. En cambio, el Reino Unido y Francia reaccionaron como potencias imperiales que aún esperaban imponer límites a la política de un Estado árabe. Israel buscó ganancias de seguridad en una operación regional, mientras que Estados Unidos y la Unión Soviética, por motivos propios, impidieron que la intervención se convirtiera en victoria política.
El resultado fue una derrota para la autonomía imperial europea y una victoria para la diplomacia de Nasser, aunque Egipto no venció militarmente. Tras la derrota política de Londres y París, los gobiernos implicados y los historiadores pudieron ver que la fuerza militar aún tenía peso en la Guerra Fría. Al mismo tiempo, el reconocimiento internacional, el crédito financiero, la opinión anticolonial y la rivalidad entre superpotencias podían decidir el resultado político de una guerra. Por eso, los historiadores suelen tratar la crisis como un hito del Oriente Medio moderno, de la descolonización y del paso de un orden imperial europeo a un orden bipolar.